Me sobreviene esta nostalgia
que se afirma en lágrimas olvidadas
restringidas por temores infundados
y se me vienen encima
como mil trompadas de un gigante
el recuerdo de la tarde cayendo
el portoncito con forma de tranquera
la ligustrina creyéndose inmensa
el pequeño árbol trepado
tantas veces en juego infantil.
Me granizan recuerdos,
fuertes piedras que caen sin estruendo
cuando revivo la feria
la placita, el club, la iglesia
las carreras en el verdín
comprar el pan bien blanco
la humedad ambiente ingobernable.
Me sofoca el calor de estas memorias
del ciruelo en la casa del vecino
miradas indiscretas de la chusma de enfrente
el perro que ladra y se escapa
toda la barra que lo busca
el olor inconfundible de pasto quemado
y porque no, las lluvias absorvidas
esperando un 318 que nunca llega.
Me innunda esta nostalgia
que me atrapa una y otra vez
en las calles de Turdera
y no logro despegarlo de mi cuerpo,
mis fosas nasales continúan impregnadas
con aquél irresponsable aroma a jazmines. |