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ecados y Aneurismas
I Cuando un hombre encuentra una razón para salir del encierro, suele dejar las cadenas en sus manos, suele olvidar quitarse los numeros pintados en su muñeca. ¿Y después? Encuentra a una mujer debajo de un tejado agujerado. Ella es la seda del lienzo de la vida prostituta, es algunas letras de un frances loco endemoniado por el vino, y es, sobre todo, tan azul como el profundo de sus mismos ojos. Y los ojos, siente que los ojos lo aprisionan de nuevo, que son como una gran cúpula, y el se siente un Jesús crucificado lleno de yagas en donde los dedos delicados de ella caben perfectamente. Siente como lo toca (¿realmente lo toca?) su halo, su perfume bañado de orquideas santas lo envuelve, talvez lo envenena, eso no lo sabe con certeza, ya que piensa que está dormido. Ahora, un hombre esta cerca del infierno, pero, que es mejor, ¿sufrir por la palida desnudéz de una mujer o tener una razón para desnudarla? II Somos un poco de carne andante, pensante y maloliente. Circundante por la tierra, y por el lodo. Arrasante, contundentes, nuestras emociones colaterales. Daños ocasionales dan a los silencios y al placer. Parecemos marionetas rogando por el hilo, bajando lentamente hacia el baúl de cuero y sangre, en donde una virgen te cuida la espalda y las heridas. Preponderante auxiliarte en el momento en que caigas como un ángel, y te empales voluntariamente, y te partas en dos para dividirte, y, talvez, para divertirme. Punzante, las ámpulas latentes, como el corazón ardiente quemándose en los últimos rayos del sol rodante en las pupilas entreveradas en miradas. Penetrante, olvidable, las cenizas de este cuerpo flotante, dejable en las tragedias mundanas de un teatro siciliano incompleto. Faltas tu, el, yo. Somos un poco de carne andante, pensante y maloliente parados a la mitad del camino esperando la buena muerte.
Aram Javier Ramírez
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