Quiero esculpite un canto
con la playa en la mano,
de Tacora a la Antártida
derretida en sus hielos,
con los párpados rotos
de hilvanar tus paisajes.
Un himno que desgarre
el rumor de las olas
que llega hasta la orilla
con su orquesta telúrica
que mastica las piedras.
Déjame aquí, en el cauce,
debajo de tus ríos
derretir mi retina
con la Estrella del Norte
que ilumina tus islas.
La Rosa de los Vientos
estiró sus agujas
más allá de tu piso
agrietado,
me estuvo dibujando
tu rota geográfía,
se cansó de llenarme
los bolsillos de puertos.
Escucharás ahora
mi canto ensordecido,
pesado de sollozos,
como una manzana
ahuecada por dentro,
como un espejo cóncavo
sin sus puntos focales.
Estoy más trieste
que una orquesta de grillos,
que un coral solitario
en una isla inmensa.
Bucaré el laberinto
de los ríos pequeños
y en cada espacio suyo
dejaré mis recuerdos. |