Sentir mi pequeñez libre y sonriente
jugando, como niño, en tu infinito,
y no sentirme sucio ni contrito
al negarte tres veces y otras veinte.
Pensarte como luz, sencillamente,
y no relámpago quebrando un grito
ni estatua de mármol o granito
adornando un altar frío y silente.
Así quiero sentirte, y que me sientas;
y no buscarte, como busca, a tientas
un ciego que no tiene lazarillo.
Y poderte traer, sin que te ofenda,
como diezmo, donación u ofrenda,
la poca fe que cargo en los bolsillos.
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