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Mentiras y Máscaras.
Manchas Las dos Ahí van dos manchas azules dando vueltas Ahí van dos verbos mal conjugados preguntándose quién Ahí van dos gotas de sal inundándose sin querer Ahí van, besándose caminado apretados ¡claustrofobia ante tanto espacio! Si, ya sé, quizás no se amen O quizás lo hagan descontroladamente ¡Pero cómo las envidio! El expresionismo (1885-1930) Durante el primer decenio del siglo XX se desarrolla en Escandinava, Francia y Alemania la tendencia estilística llamada expresionismo como reacción contra el ideal tradicional de la concordancia formal, proclamando que me resulta imposible concentrarme así, que me resulta inhumano pensar en el expresionismo cuando en realidad lo que importa es que ella mira las golondrinas dar vueltas y vueltas. la ruptura total con el sistema artístico del siglo XIX. El artista expresionista se preocupaba menos de la inspiración del placer espontáneo de sus obras, que de la posibilidad de expresión directa de Ahora lee. Sentada en su hamaca abre un libro, se acomoda los lentes, enfoca cuidadosamente; leerá algo de Agatha Cristie o una de esas de misterio que tanto le apasionan en estas tardes de sábado. Sobre los vaivenes de su cuerpo se posan dos mariposas azules mientras que el picaflor revolotea entre un rosal tanto que los sentimientos. La obra del arte expresionista ya no se contenta con ser contemplada, sino que pretende serla expresión de una realidad fatal las golondrinas ahora bajan por ramitas y hojas para su nido, todo encima de la cabeza de la vieja que está sentada bajo el nogal y ve pasar una tras otra las horas, exponiéndose así a la inseguridad y cuestionabilidad de una resonancia crítica. A causa de ésta postura antiformalista resulta del todo consecuente que el expresionismo concentre su objetivo artístico no tanto en el refinamiento de la técnica pictórica, como en el agotamiento de los resultados de la práctica pictórica impresionista, que, en cuanto a perfeccion técnico-científica y ella que se ríe tanto de la vieja y de su vestido azul. Sofía se secaba los ojos en un silencio crepuscular. Sostenía firmemente su librito mientras que daba pequeñas bocanadas azules al último cigarrillo del Malboro veinte. Miraba el humo delante de las palabras. Lo miraba hacerse hilos y jirones. Lo miraba en toda su forma a través de los últimos rayos del sol y masticaba las primeras hipótesis sobre quién habría asesinado al doctor Mansfield. Pero dentro suyo recordaba viejos episodios de Alicia en el País de las Maravillas. Lo había leído en una edición muy vieja y en su idioma original: Alice in wonderland. El señor Lewis Carroll de había regalado una infancia llena de sueños y mundos perdidos en el jardín de su casa. " --¡Qué sensación más extraña! --dijo Alicia--. Me debo estar encogiendo como un telescopio. Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada para pasar por la puertecita y meterse en el maravilloso jardín.” Recitaba para sus adentros, recordando la expedición a las profundidades de las sierras cordobesas en búsqueda del país de las maravillas. I: Orígenes del expresionismo (1885-1900) El impresionismo se forma en Francia como síntesis de conceptos artísticos, románticos y realistas y por ello no propone una estética nueva en un sentido estricto. Manuel se ríe. Debería estar concentrándose para rendir Historia del Arte III –que es mañana, que es un final-, pero no. Mira fijamente un punto en el piso alternándolo con la sombra de Sofía, y más tarde con sus botas negras, con su larga pollera blanca y con el pelo rojizo que le chorrea por la espalda. Los pintores impresionistas desean una imagen primitiva del entorno, libre de la experiencia del sentido común y de la incitación a la fantasía, ya que ambos –sentido común y fantasía- invaden la naturaleza material de la realidad palpable mediante un sistema estructural. ¿Y si le dijera? ¿le explicara? – Piensa Manuel mientras que el expresionismo del siglo XIX se desarma como una sombra en el agua- ¡Cuán terribles fueron mis palabras! Ahora que está acá, siendo observada sin saberlo. Pero si todo fue un juego absurdo, otra de esas mentiras por las que uno vive y hasta las siente. Las ideas sienten, reviven y sufren de la misma manera que uno. Porque uno es esa idea, es esa tonta bola de luz ininteligible. Hoy las horas, el tiempo o una tarde que se duerme en una plaza. Todo es parte de un millón de millones pelotitas azules dando vueltas por el universo ¿Y por qué mierda dos de esas pelotitas se cruzaron y se miraron como hormigas que no estaban dispuestas a seguir su camino? VINCENT VAN GOHG (1853-1890) eleva el punto de color al valor expresivo de su propio mundo interior, de manera que en sus cuadros pueden leerse las fases de su estado psíquico; los paisajes, objetos y personas representados reflejan la búsqueda de la identidad personal en el entorno. En 1888, en una carta a su hermano Theo, escribe el artista sobre sus estudios de colores: “Siempre tengo la esperanza de encontrar algo nuevo. El amor entre dos amantes hay que expresarlo mediante la unión de dos colores complementarios, su mezcla y sus contrastes y mediante la secreta vibración de tonos afines…” Lo oscuro, un azul ennegrecido que de pronto es un blanco purísimo. Sigue por las uñas –también azules- hasta ese pelo rojizo y las pecas de su rostro ¿también serán azules? Mi remera naranja, mis pupilas verdes ¿Qué fue lo primero que recibiste de mí? -¿Qué tenés ahí, Sofi? - No sé, recién cayó por el buzón y cuando abrí no había nadie. Mira, leéla. Dejáme pecar de curioso y preguntarte ¿Por qué? El micro, los ojos, las manos, mi escapismo y tu perfume dando vueltas todo el día, por todos lados. - Eh, tenés un fan Sofi - Me da un poco de cosa, ¿y si es un loco? - Un loco que escribe bonito… - Loco al fin. - Pero vos anduviste de nuevo con lo de… Hacía referencia al episodio del colectivo, y andá a saber qué más. Cuando Van Gohg pinta escenas de la vida cotidiana, éstas siempre están en relación Puta madre, ese bendito micro. La vuelta a Córdoba, bajarme en un pueblito sin nombre todo porque vos. Esas coincidencias que dicen que todo tiene una razón de ser y yo podría, sólo con cerrar los ojos, remontarme a aquel día con la precisión de mil diapositivas dispuestas en mi cabeza, por orden cronológico y hasta con globitos de dialogo. Bah, dialogo: fue un soliloquio, un monólogo desde el segundo en el que me senté y miré –sin querer, sin intención- a la derecha. Al instante ya te vendabas los ojos. “Disculpe usted –me decías-, créame que no es por nada en especial, que no pretendo ser descortés o antisocial al vendar mis ojos. Es por su bien y, más importante aun, por el mío. Verá, yo tengo un gran problema. Me enamoro a primera vista, todo el tiempo. Me basta con un gesto, una mirada o un tibio pestañar. Con la luz del alba jugando en la retina o con la luna dibujando tenues figuras en la espalda. Y entre las cascadas de luz amarilla que entran por la ventanilla, los colectivos son, sin duda, mis mayores enemigos. Las dos horas de viaje me las paso rezando por no mirar a la izquierda, por mantener la cordura pero no puedo contenerme, nunca he podido controlarme en ese sentido. Por lo que hoy… hoy sólo voy a tapar mis ojos, y le pediré que no hable, puesto que no quiero enterarme que existe el amor a primer oído.” Pasaron minutos, tristes veinte minutos inquietos e interminables. Tus manos leyendo un briale indescifrable entre mi rostro, y tus dedos con su punta de piel marfil y sus uñas de un azul cristal. Y yo, tan bobo, bajándome y mirando como te sacabas la venda con mi ausencia. Habría sido James seguramente. Crimen idota y pasional ¿Usarán mascaras los asesinos? –Se preguntaba Sofía mirando a un pobre escarabajo tratando, en vano, de cruzar la plaza- No, ellos no necesitan de un disfraz para ejecutar, para caer en cana por “homicidio culposo”. La Sole tampoco necesita de mascaras para andar por ahí. Menos mi abuela, en su sillita mecedora en Alpacorral. Alicia… ¿Alicia habrá usado una alguna vez? Anotaciones para mi cuaderno: Sofi, preguntále a Lewis Carroll si Alicia usó mascaras en algún punto de su vida. Pero no hay nada que pueda decir el cuadernillo sobre Van Gogh que no haya dicho, mucho mejor, Artaud. Blah, blah, blah, Munch, etc… II: Expresionismo Sensual (1905-1915) En su rechazo radical de la figura humana elevada e idealista del siglo XIX, los expresionistas pintna lo feo, lo vulgar y los tabúes al igual que la belleza original de lo natural Sofi y sus tabúes, tomo I. En negrita y subrayado Qué quieren de mí? Bien podría escribir el tratado del ¿qué quieren de mí? Por otro lado, volviendo a la línea del tiempo, me llevó dos semanas volver a ver a Sofía. Era uno de esos pobres –patéticos sería el término adecuado- encuentros de las tres artes que se daban en capital. Yo exponía esas manchas sin forma que el Tincho tanto me criticaba, ella estaba con un grupo que hacía circo y vaya uno a saber qué más. Ahora que lo pienso no me di cuenta que era ella hasta que la vi actuar en un monólogo sobre una chica que se vendaba los ojos en el colectivo y… y me sentí como un tarado. Y el Tincho que se cagaba de risa. lo natural ilustrando así, mediante los contrastes, su participación psíquica e impulsiva en el horizonte negativo de las experiencias de la vida y el orden de valores equivocado de los prejuicios reinantes. Bueno, llegué a los Fauves de París acá un paráte. No me puedo acordar qué le dije después. No creo que le haya hablado, más bien volví a escribirle. De cómo había sacado yo sus datos, principalmente su nombre. Toda una historia. -Vi a la gente de teatro hoy – decía Soledad mientras se llevaba a la boca una tostada increíblemente quemada -, zafan, che. Igual la gente de música se fue al carajo con lo de música norteña y qué sé yo. Está muy bueno lo que plantean. -¿Qué hace la gente de música? –El Tincho jugaba sus piezas concientemente, enroque y al ataque. -Tienen todo un escenario, y hay un par de cuadros nuestros atrás ¿Ustedes exponen? -No, la gente de segundo arrugó áhi noma’. Viste como son. Íbamo’ a ir con Manuel, así de caradura, pero no daba. Además no tenemos un mango y para andar haciendo giladas a medio pelo no daba. – Los caballos y algunos peones arriba, la estrategia Tincho, la estrategia. -Si, así no da. Aunque se pueden hacer cosas grosas sin mucha plata, ¿eh? -Si pero lo que no nos da es el tiempo. Viste que somo’ medio colgado’ nosotro’. El Manu va, de cojudito que e’ nomá’. Che, ¿y vos no exponés? -Si, unos cuadros y después le hice parte de la escenografía a una chica de teatro, una silla y unas vendas… pavadas -¿Si? ¿Qué hace la piba de teatro? –Y la torre defiende al alfil, que defiende al caballo, que comienza a encerrar al rey. -Un cuelgue, un monólogo que cuenta que no puede parar de enamorase, entonces está en el colectivo y se venda los ojos para no ver al que tiene al lado, y le cuenta que no puede parar de enamorarse. -Ah… está bueno ¿Cómo se llama la minita? – La torre hace jaque, el alfil que encierra y el caballo que defiende – -Sofía, es una amiga mía. -¿La vi alguna vez? –Avanza la reina, la todopoderosa reina a terminar con el rey. -Vive acá a dos cuadras, la casa de rejas todas pintadas esa que siempre me decís que te gusta mucho… -Jaque mate Tincho, jaque mate. Sofía se reduce a un bulto acurrucado en el nogal de la plaza. Efectivamente James había matado al doctor Mansfield y Esthela, boba enamorada, había hecho todo lo posible para ocultárselo a la policía, pero el detective de turno lideraba la investigación con una-maestría- nunca-antes-vista, y Esthela, entre llanto y sollozo, había confesado. Todo un tanto conveniente, irreal, plástico y novelesco. Tanto como su vida. Anotaciones para mi cuaderno –piensa Sofía mientras se ríe para sus adentros- : Sofi, averiguá de qué están hechas las máscaras. Si son de plástico largáte a llorar. Los fauves de París Las exposiciones retrospectivas después de 1900 en el Louvre de los maestros postimpresionistas Seurat, Van Gohg, Guaguin, Cézanne, dan lugara la creación por los jóvenes vanguardistas de la escuela neoimpresionista de Gustave Moreau de una pintura con el repertorio técnico del impresionismo que transforma espontáneamente y de nuevo acá. Soy un pelotudo sin arreglo y el Tincho tiene razón. La pendeja era mi tesis, era el súmmun de la mentira cotidiana. La empecé a observar sin inocencia alguna. La miré caminar cuidando la postura. Vi los gestos que hacía cuando hablaba, las manos moverse de acá para allá y la sonrisa neutra que se le dibujaba en la cara cuando escuchaba algo sumamente desagradable. En algún punto se parecía a mi. Exponía su discurso con oratoria de sofista, para luego caer en pausas, lagunas interminables donde recalculaba todo para volver a empezar. Así siempre, ella armando y volteando el castillo de naipes una y otra vez, hasta el hartazgo. Los que se quedaran a escuchar, se suponía, obtendrían la gran recompensa. Pero era la nada misma, todo concluía en un vacío que la dejaba tirada en un sillón mientras la música seguía y la pequeña multitud se dispersaba. Pero ya basta –pensó Manuel con una rabia inexplicable-. A buscarla, a explicarle todo y al menos librarse un poco de culpa –se convencía mientras cerraba, por décima vez ya, los apuntes de historia del arte- ¿Qué tanto bardo? Nena, jugamos con vos. Fuiste parte de un ejercicio diario – ensayaba al tiempo que se paraba y guardaba el cuadernillo en la mochila-. ¿Sabés qué? Me caes bien, por eso te explico todo. Mirá, hay en la ciudad un grupete de gentes que se dedican a “hacer pensar” y para eso, les tenemos que mostrar cuán frágiles son las pavadas con las que se convencen de seguir viviendo -Manuel caminaba. Derecho al árbol, media vuelta frente al tobogán y a dibujar ochos entre la calesita y el nogal-. Vos me parecías una boluda más del montón, ¿y sabés qué? Ganaste. Me demostráste que no, que tenés razón y demás cosas. Ya lo debés saber, pero yo soy el pelotudo de la carta, el idiota del colectivo. No me mirés así, lo de la fiesta fue… Manuel pasó, inconcientemente, cerca de las hamacas. La vieja de azul lo miraba desde su banco. También la nena que cuidaba a su perro, su madre, el tipo que estaba (hasta hace unos minutos) leyendo el diario y la joven pareja. Sofía alzó la vista mientras que un labrador corría tras un pobre gato que logró, por poco, subirse al árbol donde estaba sentada. Por segundos, incomodísimos segundos, Manuel la miró por sobre las hamacas mientras que ella fundía la vista en un punto entre su mano y el paredón lleno de estúpidos graffíti. Hay veces que me dan ganas de empezar literatura de nuevo –piensa y piensa Sofía sentada en su árbol-. Máscaras, pedazo de hijo de puta no te puedo sacar de mi cabeza. Vos sabías todo ¿no? –Sofía se muerde el labio y mira al piso. El escarabajo había desistido de su caminata y se había quedado quieto, observándola.- La cartita, como un nene… ¡Qué tarado! Sofía suspiró. Manuel volvió a su banco, esta vez mirando al cielo y a los dibujos de las nubes. Somos pelotitas de luz azul –retomaba en su mente-, millones de pelotitas, pequeñas ideas dando vuelta por ahí. Mera construcción de la imagen, marketing profesional podría decirse. ¿Qué quieren de mí? Disfrazarse de Z para obtener X. Un inmenso mar de hipocresías y juegos varios. Y ahí entramos nosotros con la noble tarea de despertarlos, de pegarles una cachetada y decirles “no es así un carajo” –Manuel sonreía con asco- ¿Quién mejor que una actriz para construir una hidra de caras que den vuelta y se adapten al momento? ¿Qué habrá detrás de esas máscaras? Una nena frágil y boba, con mucho miedo de seguro. Mentira. Me dejaste con la duda. Abriste en mí un sinfín de dudas. Vos artista, vos actriz, vos mentirosa ¿Qué ocultás bajo tu ser? Mi trabajo diario, el de ver el hilo descocido de la máscara de cuero y tirar de él, desarmarla para que los ojos vean la luz por primera vez. Que la reciban como una madre a su hijo. Y en tus múltiples máscaras con sus múltiples hilos hay un dilema ¿Cuál he de arrancar primero? O un puntito fijo en el espacio. El escarabajo que se sienta a mirarme no es más que una simple parábola. Me mirará a los ojos a mí, a Sofía, para luego darse vuelta y devorar hormigas o tal vez sea vegetariano, no lo sé. No tendrá las máscaras, supongo que él no las necesita. No ha de lidiar con la hidra, ni con sus múltiples cabezas, todas y cada una de ellas dispuestas a sonreír y dejar pasar. “Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas…” Recita Sofía, de nuevo sonriente como con cada recuerdo de Julio Cortázar. Manuel vuelve tranquilo a su banco. Como si la caminata aflojara los músculos y todo se tornara una suerte de paz, de pachedad, de deseos de no volver a abrir el cuadernillo de historia del arte; pero tampoco retomar una y otra vez la imagen, la noche o el alcohol, las charlas y el humo flotando en una nube espesa pero a la vez intangible ¡Qué raro que lo primero que recuerde uno sea su hombro! Como consigna de una tertulia idiota, quién asista a la fiesta deberá llevar una remera sin manga derecha, y en el hombro alguna frase graciosa o pensante. Entonces como yo lo cité a Nietzche, algún payaso habrá formulado una premisa sobre su actividad sexual o cualquier otra broma referida a los fluidos corporales. Pero había hombros y no máscaras y sin embargo estabas cómoda, tranquila e implacable, sonriendo y disfrutando, tomando el pelo o jugando a que sos pero no, jamás sabrán y la duda, la duda (sin dudas) era lo que buscabas. Así se entrelazaban nuestros hombros en un cadáver exquisito de sinrazones. Oh caminante, hasta la orilla Más cerca del sueño que de las púrpuras Del mar has llegado, cual la distancia Sombrillas de una costa Que termina en el barranco Imbuida de soles soporíferos. De la vigilia al ensueño. Así desde un principio –pensaba Manuel, con la tarde durmiéndose a sus espaldas-. Siempre jugando y dando vueltas en ires y venires sin tiempo ni forma. Te acercaste esa noche y dijiste que todo eso una parte ínfima de un juego, de un ajedrez viviente en el cual eras un peón, disfrazado de caballo, que movía como alfil y solamente, se veía como una reina. Hablábamos de arte como falsos intelectuales que somos. Disimulados en el acto de la sinceridad, nos contábamos todo lo que no es verdad, y lo decorábamos con gusto a barroco y perlas naranjas. Seguí tu juego, pero esta vez mejor preparado “¿Por qué llora? –Te pregunté en mi disfraz más avanzada la noche- ¿Por qué llora? –Te repetía mientras vos te servías vino y me mirabas - ¡Pero qué insensible! Llora porque vivió y seguirá viviendo, claro está. Llora porque entre diálogos de papel picado, su vida se había convertido en un bobo soliloquio, y contar las horas, los meses, los años hasta despertarse porque el cigarrillo aún estaba prendido y le quemó los dedos. “ Dibujamos nuestras vidas como los pintores expresionistas del siglo XX. Nos disfrazamos, los dos jugando con máscaras pero yo lo veía. Tiraba de los hilos con cuidado, desvestía tu cara jugando, jugando a encontrarte, a verte los ojos, despertarte; ya sabrás cuán hijo de puta puede ser uno con los disfraces –Manuel fumaba con los ojos en blanco, atrás el sol comenzaba a desaparecer y de golpe estaban solos en la plaza-. Pero ¿qué es está locura? Si encontré ese talón de Aquiles cuando tu puño se entornó, te miré tanto en el momento en el que golpeaste al idota que te había tocado. La postura, pero sobre todo el antebrazo. El golpe tan masculino como tal vez tu padre alguna vez y esos ojos, desnudos de la rabia más nostálgica de todas cuando tu mano se posó entre las cejas como lo hubiera hecho años atrás. Como te hubiese gustado hacerlo años atrás con aquel monstruo. Pero te lo dije, destrocé el último de los hilos y esos monstruos, te hablé de monstruos y de los únicos que pueden llegar a molestar son los que están adentro. Me robé la belleza del mediodía que nacía y los restos de la noche, tan convulsa, para que la flecha se pose donde alguna vez hubo una hoja en el talón del indestructible Aquiles. Entonces te vi caer. Vi las sonrisas falsas y la amargura detrás. Hablamos de manchas. De pelotitas de luz dando vueltas por el universo y de soledades, confesiones de borrachos a las once de la mañana, por supuesto. Borrachos que jamás volverían a verse y, heme aquí, siguiéndote de nuevo para tal vez preguntarte cómo estás o si dormiste bien mi pelotita de luz azul. Mi mancha de cielo expresionista. Me dijiste que ver las hileras de luces amarillas en una noche de lluvia era lo que te hacía feliz. Me contaste que te movías en el mundo como yo, como una mancha de luz azul jugando con espejos y multiplicándose hasta el infinito; que para la semana que viene ya habrías olvidado mi rostro y mi forma de hablar. Que seríamos hormigas que se cruzan para hablar y siguen su rumbo. Sofía fijaba la vista en el paredón. Gabi, te amo y te necesito. Juan Se preguntaba quiénes eran Gabriela y Juan y por qué su cuerpo giraba entorno a la calesita, pasaba por frente a las hamacas y dejaba caer, frente a un hombre flaco y de pelo negro, un pequeño pedazo de papel que rezaba algo sobre manchas de color azul y verbos mal conjugados.
Asilos Oliviera
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