divague.com
Introduzca los términos de búsqueda.
Envíe el formulario de búsqueda
Web
www.divague.com
E
l Escritor Frustrado
Mañana cumplo ochenta y dos años. Sé que mis hijos y nietos me harán una fiesta. Lo sé porque han pasado estas dos últimas semanas secreteándose por toda la casa. Mi esposa, días atrás, y como quien no quiere la cosa, ha tratado de sonsacarme qué desearía comer ese día. Le dije que me gustaría papa rellena, mi comida predilecta, y estoy seguro que, al menos en el almuerzo, ése será el plato principal. De noche, cuando estemos todos reunidos, preparará un platillo especial. Estoy seguro que han invitado a mis viejos compañeros del trabajo (a los pocos que quedan vivos, claro) y también a algunos amigos de la familia. Me dará gusto verlos y volver a entablar esas deliciosas charlas literarias de antaño, sabrosas conversaciones que aderezábamos siempre con un pisquito. Recuerdo bien esos días. Cuando era joven solía reunirme con un grupo de amigos a escuchar música y leer los poemas que escribíamos. Éramos cuatro o cinco, raramente más, y la pasábamos bien así, sintiéndonos artistas y disfrutando de la compañía de una botella de licor, algún cigarro no precisamente de tabaco, y conversando de los libros que leíamos, comentando, analizándolos, riéndonos. Si no era en casa de alguno de ellos, nos juntábamos en algún parque solitario. Podía ser cualquiera que estuviera cerca, pero preferíamos uno en especial, el del edificio rojo. Lo hicimos nuestro. Al inicio nos daba vergüenza llegar y sacar la botella, sobre todo porque solían ir ancianos a jugar con sus nietos. Pero luego, cuando entendimos que no ofendíamos a nadie, y que nadie se metía con nosotros, simplemente llegábamos, nos sentábamos y no nos importaba nada más. Recuerdo que en una oportunidad, ebrio, les prometí a todos, muy serio, que no me moriría sin antes tener entre mis manos un libro mío. Alguno de esos amigos optaron por el arte como profesión. Rubén se convirtió en un gran músico. Alguna vez, hace mucho, fui a un concierto suyo y salí encantando. Gustavo ganó muchos premios de poesía y se encerró en un manicomio. El único que se alejó del arte fue mi gran amigo Martín, que decidió seguir Arquitectura en la misma universidad en la que yo estudié Literatura, porque, aunque me gustaba escribir cuentos y novelas, comprendí que no era tan bueno como para dedicarme de lleno a eso. Estudiar Literatura fue sólo una forma de seguir ligado a mi pasión. Años más tarde me convertí en catedrático en esa misma universidad, y dedicaba mi tiempo libre a esbozar algunos cuentos que luego no leía nadie. Pero no me sentía mal conmigo mismo: enseñaba Literatura, escribía siempre que podía, y no dejaba nunca de leer libros. Mi vida en pleno dedicada a lo único que consideraba importante: el arte de la narración. En esa etapa de mi vida logré conocer a muchos escritores y poetas, algunos desconocidos y otros de renombre, con los cuales construí grandes amistades. Era en El Cordano donde conocí a muchos de ellos, y era en ese mismo lugar donde mis colegas y yo nos reuníamos al salir del trabajo. Algunas veces, conocedores de mi afición a la escritura, me preguntaban si estaba escribiendo algo, alguna novela, y yo respondía que sí, que estaba trabajando en una pero que no me preguntasen más porque no quería hablar hasta verla terminada. Entonces uno de ellos levantaba el vaso y decía ¡Salud, por el cercano parto de nuestro amigo! Pero poco a poco el trabajo y otras obligaciones me alejaron, aunque no del todo, del placer de escribir. Escribía artículos que algún amigo periodista me pedía, claro, pero sentía que dentro de mí había una novela que pugnaba por salir y que no podía sacar. Y cuando menos lo esperaba, en un abrir y cerrar de ojos, las canas poblaron mi cabeza, un pequeñín adorable me llamaba abuelo, y dormía cada vez menos de noche y cada vez más de día. Era ya un anciano al que le cedían el asiento en los lugares públicos y que nunca había logrado escribir un libro en su vida. ------------------------------------------------------- Mañana será el gran día, viejo cabrón. Mañana estaremos cara a cara por fin, y podrás sentir todo mi odio, todo este rencor que guardo sólo para ti. No sabes cuánto he esperado el día en el que pueda escupirte todo lo que siento, así, de frente, por tanto daño que me has hecho, por tantas noches que he pasado perdido en la nada, como si fuera eso, nada, nadie, un ser sin importancia. Te desprecio y quiero hacértelo saber. Quiero hacerte saber que un ser como tú, un pusilánime, un cobarde que nunca se atrevió a hacer nada, sólo me inspira lástima y asco. Es gracioso que use ese verbo en ti. Inspirar. ¡Qué sabes tú de inspiración! Tú nunca fuiste un escritor; fuiste apenas un remedo, una caricatura, un miserable que se contentó con ganar algún premio por una poesía risible en su universidad, pero que a la hora de enfrentarse con sus personajes y darles el papel correspondiente huía a refugiarse en una botella, o en sus amigos, a los que les mentía diciendo que sí estaba trabajando en una novela, que sí era el escritor que todo creían. ¡Basura! ¡Pura basura! Ha llegado el momento de desenmascararte, farsante; ha llegado el momento en el que vomitaré todo mi repudio. Ha llegado el momento de que conozcas a Carlos Riveros. ------------------------------------------------------- Suena el despertador y veo la hora. Son las ocho de la mañana. Es extraño, alguien ha tenido que manipular las manecillas del reloj; usualmente suena a las seis. Apenas me estoy levantando de la cama y mi habitación es invadida por mis hijos, nietos y mi esposa, que entran cantando felices, mientras Fico, el mayor de mis nietos, trae en las manos un pastel. Han venido tan temprano sólo para darme esta sorpresa. Les agradezco y les pido unos minutos para mi aseo personal. Al salir del baño recibo algunos regalos. Mis nietos me dan una tarjeta hecha por ellos mismos. Dice: Para ti, abuelito, con el mismo cariño con el que nos cuentas tus historias los domingos, feliz cumpleaños. Luego se acerca mi esposa con esa sonrisa perfecta y, al tiempo que me extiende el regalo, me abraza y me dice al oído: Feliz cumpleaños, viejo. La adoro. Antes de abrir el regalo ella se adelanta y anuncia que es un lapicero de oro con mi nombre grabado. Todos, yo incluido, reímos porque no pudo con su forma de ser y tuvo que revelar la sorpresa. El día es agradable. Recibo algunas llamadas de felicitaciones de familiares lejanos que se acuerdan de mí. Una, sin embargo, me llena de desasosiego: - ¿Aló? – digo, al ponerme al teléfono. - ¿El señor Solórzano? – pregunta una voz ronca al otro lado del hilo. - Sí. ¿Con quién tengo el gusto? - Soy un viejo amigo tuyo. No reconozco la voz. Me quedo en silencio, algo nervioso. - En realidad no me conoces tanto como yo a ti, pero, ya que hoy es tu onomástico, quiero hacerte llegar un presente. - ¿Quién es usted y qué quiere? Si no me dice quién es colgaré en el acto - mi voz tiembla al igual que mi mano. - Eso no impedirá que recibas lo que tengo para ti. - Váyase a la mierda – cuelgo y me siento en el sillón, el corazón acelerado, un rictus en los labios. ------------------------------------------------------- La casa de los Solórzano está totalmente iluminada. Desde la calle se pueden escuchar las canciones festivas que la señora Leticia ha puesto en el equipo de sonido. Son canciones alegres, que invitan al baile. Dentro, en la sala, los invitados conversan entre risas, entre choques de vasos que brindan por quien cumple años. El señor Solórzano, sentado en su viejo sillón verde, parece pasarla bien, rodeado por sus hijos, nietos y amigos. Esta noche han venido amigos que no veía hace mucho, y está feliz por eso, pero lo que más ha alegrado su día es que Mariela, la hija que se fue a estudiar a Francia, ha llegado y está ahí, abrazada a él. Habían tenido algunas diferencias tiempo atrás y ahora siente que se han reconciliado. En un arrebato de alegría, y quizá también alcohólico, porque ya lleva bebidas varias cervezas, el señor Solórzano toma de la mano a Mariela y la saca a bailar, mientras todos celebran la iniciativa con aplausos. Pronto otras parejas se unen a ellos. La fiesta ha sido todo un éxito. Y cuando la señora Leticia se dispone a servir el pollo al horno que amorosamente ha preparado para la ocasión, alguien toca el timbre. Más invitados, piensa la señora Leticia, y mentalmente cuenta las presas, preocupada de que no alcancen. Después va a abrir la puerta y ve en ella a un tipo esmirriado, cómicamente vestido, que, a pesar de hacer memoria, no recuerda haber visto antes. - Buenas noches – se apresura el hombre a decir -, vengo a saludar a mi buen amigo Solórzano, sé que hoy es su cumpleaños. - Así es, así es – asiente la señora, siempre sonriente -, hoy es cumpleaños de mi esposo. ¿Trabajaba usted con él? - Digamos que sí. Yo... – el hombre se calla al ver aparecer al señor Solórzano. Recuperado el aplomo, dice: - Buenas noches y feliz cumpleaños, Solórzano. Soy Carlos Riveros. La señora Leticia ve palidecer a su esposo y, nerviosa, corre hacia él, que, sin embargo, la ataja y dice estar bien. - Es mejor que pases, viejo; siéntate a conversar con tu amigo – dice la señora, preocupada y suspicaz. - Gracias, señora – da un paso adelante Carlos Riveros y ya está dentro de la casa. - Vamos al estudio – casi ordena el señor Solórzano. Cuando pasan por la sala, callados los dos, Carlos no puede evitar saludar a los presentes con una sonrisa. Ya en el estudio, a solas, el señor Solórzano, luego de cerrar con llave, se descompone y, sentándose, incrédulo, vocifera: - ¡Tú! ¡Cómo es posible! - Sí, yo, Solórzano. Al fin cara a cara. - Pero cómo... cómo... - Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma -. Carlos se pasea por la habitación, viendo cuadros, moviendo objetos. - Pero es imposible. Tú no puedes estar acá. Tu lugar es éste – señala su cabeza el señor Solórzano -, ¡éste! - Mi lugar estaba en la novela que debiste inventar y que te negaste a escribir. Mi lugar no existió por culpa y negligencia tuya. Me fallaste. Y, lo que es peor, te fallaste a ti mismo. - Siempre quise... Siempre escribí. Siempre fuiste mi personaje principal en muchos de mis cuentos... – Solórzano titubea, se le ve sudar, nervioso.. - Te engañas. Nunca quisiste. Nunca. Muy dentro de ti tenías miedo, miedo al fracaso, miedo a no poder escribir una novela. Por eso nunca empezaste una en serio. Te contentaste con mediocres cuentos, en los que me ponías porque no se te ocurría nada más. - ¡Cállate! ¿A qué has venido? ¿Qué quieres? - Quiero que sepas que me das lástima. Eso quiero. Y también... - ¡Largo de mi casa! – el señor Solórzano, rojo de ira, no aguanta más y acomete contra Carlos, pero éste, con un rápido movimiento, lo esquiva y se dirige hacia la puerta. Antes de abrirla, dice: - Eres un fracaso, Solórzano. Pero te dije por teléfono que tenía algo para ti. Quiero dártelo – del bolsillo interior de su chaqueta saca un regalo.- Ábrelo. Solórzano, las manos temblando, abre como puede el regalo. Es la tapa de un libro que no contiene hojas. Lee su nombre en ella. Desconcertado, pregunta qué es. - Es el libro que nunca escribiste, escritor. Espero que ahora que lo tienes en las manos cumplas la promesa que hiciste. Adiós. Afuera, la gente continuaba bailando, los niños comiendo pastel, algunos hombres tomando cerveza. Nadie vio al señor Solórzano llorando como un niño dentro de su estudio.
Carlos Riveros
Aunque me olvides, aunque te odie
menu_inferior